lunes, junio 24, 2019

(kech-3180) Sopaipillas


Los días más largos vinieron con el frío y la lluvia tardía. Habían pasado varias semanas desde que ella se había ido; la casa era más grande y más amplios los silencios. Era así el abandono, la antigua piel alguna vez se erizó ante el vacío de la noche, la fría celda no es el verdadero castigo, el real es el hastío; mientras más libre más solo, mientras más solo más triste.
El zapallo ya no sabe igual, ni la harina, tampoco el aceite y menos la chancaca, algo hizo que todo cambiara. Un anunciado eclipse de sol podría ser el mejor momento, cuando el día se haga noche ocurriría el arrebato ¿y si se hace cierto?, tendremos que asumir que las sopaipillas, secas y también pasadas, tendrán que servirse en una mesa engalanada, aunque todo sepa diferente, en el centro del corazón nada ha cambiado, salvo el gris, el cáliz y la sangre.
El gris y el hastío combinan armoniosamente, es casi el no color, el infinito espacio de la oscuridad salvado por unas fotónicas tormentas blancas, frías como la nieve que nos sepultó en Antuco, en la triste marcha de la noche sin fin. La sangre es la de Cristo y los millones de personas inocentes asesinadas por mandatos de odio fundados en falacias, fantasías de mentes corruptas, ángeles de la muerte disfrazados de banderas, razones y bendiciones. El cáliz es el olvido, el sumo del tiempo atrapado en el vacío.
Son los días más largos, espero que el bosque me proteja y me aguante, hasta la otra orilla de este invierno.

domingo, junio 16, 2019

(kech-3172) El olvido


Nadie marcó el número de este teléfono entre las 12.34 del sábado 22 de julio y hoy domingo 30 de julio, siendo las 12.45. Ahora suena. Yo sé que así sucedió porque no he dormido ya más de una semana esperando que volviera a sonar y si he dormido no lo recuerdo. De este sillón no me he movido sino hasta el inodoro las veces que el cuerpo lo ha pedido y a la cocina a las horas en que el hambre me ha alertado. Se que debo levantar el auricular, pero no sé qué decir, tampoco recuerdo quién llamaría, ni siquiera sé quién soy. Descolgaré el teléfono e iré a dormir, es inútil seguir esperando.

domingo, agosto 19, 2018

(kech-2870) Amor televisivo

Siempre soñó con vivir en Honolulu y jamás creyó que fuera posible hasta que conoció a Jaiva, una mujer horrible pero millonaria, lo que no tenía en belleza lo tenía en inteligencia, sabiduría y valentía. El era un pobre truhán, un pordiosero de mal aspecto que apenas sabía leer y  escribir pero que amaba la televisión, lo que sabía del mundo lo aprendió gracias a las miles de horas que había dedicado a mirar todo tipo de programas: teleseries, noticias, matinales, películas buenas y malas, cualquier cosa que se emitiera era de su interés, aunque de todo lo que veía lo que más le apasionaba eran los programas de viajes, ahí supo de Honolulu, de las palmeras, los volcanes, las aguas transparentes y los peces de colores, ahí comenzó a construir su sueño, una fantasía tan vívida y tan propia que le llevó al limite de la irrealidad. Jaiva estaba en Chile por asunto de negocios, vino a comprar un viñedo y unas bodegas que producían uno de los tintos más codiciados del mundo, un Merlot único e irrepetible. Por sortilegio del destino,  el estaba trabajando en esa viña el día que ella fue a comprarla; su tarea consistía en limpiar las acequias que regaban los extensos viñedos. Cuando sus miradas se cruzaron, en ese mágico instante que solo unos pocos pueden describir, ambos supieron que habían encontrado algo que les pertenecía, el amor. Antes de retirarse del viñedo, Jaiva le pidió a Rosendo Luna, el hombre que le estaba vendiendo el viñedo, que llamara al empleado sucio y maloliente que estaba limpiando las acequias; Rosendo Luna sin ninguna resistencia acogió la extraña petición. Jaiva y Joselito salieron juntos de la viña rumbo a Santiago; alojaron en el mismo hotel en que ella pernoctaba; el conoció el amor y al mismo tiempo el agua caliente, los perfumes y el jabón. Al día siguiente hicieron los preparativos para el viaje; Jaiva cerró la compra del viñedo; Joselito fue a despedirse de su madre y de su hermana, es cierto que lloró pero no fue por su familia fue por la tele Antu que presintió nunca más vería. Al llegar a Honolulu, Joselito fue presentado a los parientes y amigos de Jaiva, la verdad es que a nadie le agradó, ella no era agraciada físicamente pero su personalidad y su espíritu irradiaban un encanto que no entonaba ni con el desaliño ni con la mala energía de Joselito; el se dio cuenta del rechazo que provocaba pero no le importó, la verdad es que las vibraciones provenientes del mundo real no tenían ningún impacto en su persona, a él lo desequilibraba la distorsión de la imágenes, los fantasmas, la nieve y por sobre todo los cortes de energía, el mundo era una pesadilla con distorsiones en la imagen y simplemente no existía sin televisión. Jaiva sabía del vicio televisivo de su nuevo compañero, él se encargó de decírselo antes de emprender viaje de Chile a Honolulu, fue por eso que le preparó una habitación especial, solo para él, allí estaba un televisor de 74 pulgadas conectado satelitalmente a todas las emisiones televisivas del mundo; para Joselito aquello era lo más cercano al paraíso, el paraíso completo estaba a la salida de la terraza de su habitación, arenas blancas, mar turquesa, peces de colores, palmeras y un volcán humeante; la realidad superaba la fantasía y todo gracias a ella, su amada Jaiva. La rutina de Joselito era dormir con su mujer, ir a la habitación de la tele y quedarse ahí todo el día, en los intervalos de tanda comercial aprovechaba para ir al baño, salir a la terraza, caminar por la arena, meter los pies al agua, mirar hacía las palmeras y hacía el volcán, comer y beber. Pasaron los días, los meses y los años, sucediendo lo que siempre sucede, la rutina, acto tras acto, programa tras programa, fue minando al amor hasta hacerlo desaparecer por completo. Para Jaiva, el se convirtió en un ser despreciable e insoportable. Para Joselito, ella era un monstruo insaciable de poder que solo quería hacerle daño y que lo había arrancado del lugar de su familia y sus amigos, aunque todos sabemos que nunca tuvo a nadie. En este nuevo escenario, Joselito no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, no sólo era odiado por Jaiva, la isla completa lo despreciaba; lo primero que perdió fue la señal satelital, no habían más programas, el fin había llegado; fue a reclamarle a Jaiva, fue a exigirle, llevaba una maleta, se iría, abandonaría a la malvada, la buscó por todo lugar y no la encontró, ella no estaba,  ni un alma respiraba, estaba solo en una isla al medio de quién sabe dónde. Honolulu comenzó a desfigurarse, primero se desvanecieron las palmeras, luego las arenas blancas, luego,el mar, solo quedó el volcán que comenzó a bramar, a cambiar de color, a enrojecer hasta explotar, hasta desaparecer. Joselito en el vacío murió de soledad, Jaiva quizás nunca existió.